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Nacido de una mazorca, en lo alto del cerro de La Ceiba.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Un inmigrante con suerte

El Niño Maíz ha vuelto. A escribir, ¡y a Cochabamba!

Tras tres vuelos y tres bocadillos llevados de casa, que ya me conozco las escasas gentilezas de Aero Sur para con sus pasajeros, llegué a Cochabamba. Y aquí estoy, habiendo pasado del final del verano al final de invierno, de un hemisferio a otro, en apenas 20 horas. Ya con la garganta y los mocos resecos, en el valle de la llajta rodeado de enormes montañas a 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar.

El viaje fue corto, los enlaces ajustadísimos. El transatlántico lo pasé todo leyendo parte de “Pasaje a la India” (regalo de cumpleaños materno) y dos veces “La Saga de Atlas y Axis”, el último y esperadísimo cómic de un fenómeno llamado Pau. Cerca de 15 años de espera para ver publicadas las historias de estos personajes están mereciendo la pena ¡y mucho!
Pero no fue todo tan fácil. Obviamente, algo tenía que pasar. Y la verdad que no me hizo mucha gracia. Aeropuerto internacional de Viru VIru, Santa Cruz de la Sierra, control de pasaportes. Una interminable cola entre el siguiente enlace y yo. Calma, “al final todo saldrá bien” como solía decir Vicente (Ferrer). Calores, sudores, tedio. Llega mi turno y… ¡oh, sorpresa! El funcionario de turno me dice que no puedo estar en Bolivia los 3 meses que pretendo, que son 90 días por año y yo ya llevo gastados un montón de principio del presente año. Que en 48 horas me presente en inmigración o estaré de ilegal. Vaya, parece que fueron en vano las palabras de hasta 3 funcionarios diferentes de la embajada boliviana en Madrid que me habían dicho, convencidos, que no tendría ningún problema en obtener 90 días más con una nueva entrada en el país. Me cachis, ya fui inmigrante ilegal en Marruecos y no era mi intención serlo ahora en Bolivia.

Lo cierto es que, al contrario de lo que suele pasarme en estas situaciones, que ya empiezan a ser demasiado habituales por otra parte, los nervios se apoderaron de mi. Pasé todo el vuelo a Cochabamba reconcomiéndome y martirizándome por lo imprudente que había sido de no llevar esa respuesta de la embajada boliviana por escrito. Que las palabras, sobre todo si son por teléfono, se las lleva el viento. Además de que podía dejar colgado todo el trabajo que vengo a hacer aquí, ¿Qué iba a pasar conmigo? ¿Me extraditarían a España? Lo dudo por su coste. ¿Me dejarían en cualquiera de las 5 fronteras de Bolivia? Me gusta ver mundo, ¡pero es que yo venía a Bolivia! ¿Me harían pagar una estratosférica multa al salir? Eso si antes no me identificaba la policía en los meses sucesivos y me llevaba al calabozo por ilegal. Mmmm, que experiencia, un calabozo boliviano, donde no hay ni servicio de catering. Excitante, aunque quizás demasiado para mi gusto. Se me hacían lejanas, yo diría que por primera vez en mi vida, esas palabras de Vicente, el “todo saldrá bien”, la Providencia y todas sus historias. La verdad es que tampoco era la peor situación en la que me haya encontrado en mi vida pero no me la estaba tomando demasiado bien. Seguro influyó mi melancólico estado de ánimo después un par de despedidas muy, muy emotivas.

Al llegar a Cochabamba, reencuentros, abrazos, un silpancho enorme para cenar y al día siguiente a inmigración. Me desperté a las 6 de la mañana, con eso del cambio horario, y vi paseando por la ciudad que era festivo. Bueno, en realidad víspera de festivo, que el 14 de Septiembre es el aniversario de la ciudad. Todas las calles llenas de bandas de música y desfiles.

En inmigración no había cola, trompetas y tambores, a la ventanilla número 4, trombones y timbales.

-“Señor, no sé qué hacer, en la embajada me dijeron que… por favor…”. Sollozo, cara de pena, de pobre gringuito.

-“Es la hora de las salteñas, ¿Quién quiere? ¡Voy por ellas!” Recolecta de pesos, marcha militar.  

-“¡Uy, estos canvas (oriundos de Santa Cruz) no se enteran de nada! Yo quiero dos, aquí tienes” Fanfarrias, bombos y cajas.

-“¿Entonces señor?” Humildad, educación, simpatía (sin pasarse), redoble de tambores y…

-“Toma, haz una fotocopia de tu pasaporte y te sello por 90 días. ¡Si, las dos de pollo y bien picantes!”

Cara de incredulidad, pues se estaba equivocando aunque a mi favor, la fotocopia más rápida del mundo, pum chin pum chin pum, sello al canto, alegría contenida y al salir de inmigración, sonrisa de oreja a oreja y allá que me fui yo a por mis salteñas, una a la salud de “en Jaume Pintat”, ya en situación legal ¡qué alivio!

Así que, una vez más, habrá que darle la razón a ese sabio del siglo XX que fue Vicente Ferrer, Father para algunos, Vicente para otros, un gran tipo para todos. La Providencia proveyó y “todo salió bien”. No sé si estarás en tu cielo, el paraíso o dividido en partículas esparcidas por el universo, pero siempre estarás en mi memoria. 
Un saludo ahí donde estés Vicente.

jueves, 10 de febrero de 2011

Donde fueron el "Poncho Verde" y la Dignidad.

Después de una ducha todo se ve más claro, hasta en la más oscura noche, en el silencio de La Llajta. Vivo en un valle, un inmenso valle, a 2.500 m de altura y completamente rodeado de montañas mucho más altas, que le rascan la barriga a las nubes cuando pasan. Bueno, rascar rascan las montañas del norte, porque las del sur les hacen cosquillas y, al reírse las nubes, llueve. No me preguntéis porqué. Todos los científicos lo confirman.

Pero parece que no tienen muchas ganas de reírse este año las nubes. No sé qué es exactamente lo que no les hace gracia, pero por lo visto cada año están más tristes y ni siquiera lloran. Cada año ríen menos pasando inmutables con el rostro serio y menos carcajadas de las nubes caen en el valle. Este valle fue próspero, ¡el granero de los Incas lo llamaban! y ahorita... Seco, de a poco, se va quedando.

Dicen que es el cambio climático, que cada vez hace más calor y que por eso llueve menos cada día y se secan las fuentes. Será. Yo digo que haber pelado al cero todos los cerros seguro que tiene algo que ver. Utilizando un símil de Jaime Huanca, los montes han perdido su "poncho verde", su sombrero de bosque y dejan que se vayan las risas de las nubes, resbalando rápido, despeñándose por los barrancos y arrastrando consigo el suelo fértil, tierra que no volverá. La Pacha Mama se va. Despeinando las cosechas, inundando de lo que fueron alegrías en los cielos, las penas del campesino a las faldas de la desponchada montaña de lomo marrón. La Pacha Mama lloró.



Arriba no queda agua, no quedan risas, no queda alegría en el suelo. Abajo nada queda, por encima del nivel del agua. Puro desastre. Y todo por un poncho. Por ir tirando sin control de su hilo de madera.

Pero esto es donde alguna vez hubo bosque, donde la tierra fue fértil al menos una vez. Porque hay otros lugares donde nunca creció demasiado. Donde los Andes. Donde el poncho siempre les vino corto a las grandes montañas andinas, que enseñaban el ombligo. Donde algunos se han refugiado siempre huyendo del invasor, ya fuera inca o español, hacia las tierras que nadie quería. Donde nada crece, arribita. ¡Más arriba! Donde los picos son tan escarpados que no acarician, arañan y no llueve, graniza. Y el sol está tan cerca que abrasa y cuando se va, se va tan lejos que hiela. Donde la tierra necesita siete años de barbecho para poder dar algo. Donde las llamas, el polvo, la papa y el chuño.
  

Allá, en la zona andina, si es dura la vida. Siempre que uno analiza cómo se podrían mejorar las condiciones de sus habitantes, encuentra tantas trabas, tantas con las que nada puede hacerse, que se acaba preguntando ¿Porqué carajo vive nadie allí? Pues quizás en un tiempo por no tener más remedio, huyendo a las tierras altas de unos y de otros, donde ya nadie les persiguiera. Pero hoy día, porque esa tierra, yerma, ardiendo y fría, es suya, como lo fue de sus abuelos. La tierra es sagrada. También es lo único que fue siempre suyo y nunca les fue arrebatado, de la gente originaria del lugar, a los que llaman indígenas, a los que ni la dignidad les respetó la historia. Y porque es todo lo que tienen. Su tierra y ahora, de nuevo, con eso del Evo, su dignidad.


Porque muchos criticarán a Evo, dentro (normalmente con razón) y fuera del país (habitualmente sin ella). Pero Evo en realidad no es nada. Evo es solo una figura, la cara visible de un verdadero movimiento campesino. De campesinos indígenas, con doble adjetivo y por ellos doblemente castigados por los que siempre mandaron. El movimiento que representa Evo le ha devuelto la dignidad al campesino, que es amplia mayoría en el país. Después de cientos de años la gente puede sentirse orgullosa de nuevo de ser quien es. Hablar la lengua que habla, vestir como viste y que nadie le haga avergonzarse por ello. Tiene la libertad de ver el mundo como cree y ya nadie le va a poder pasar por encima por eso. 

Está bien, dignos ¿y ahora qué?

martes, 11 de enero de 2011

¡Al camino!

A Cochabamba me voy, a Cochabamba señores, cantarán los ruiseñores, a Co-cha-bam-ba me voy.” Así cantaba Víctor Jara con los Quilapayún allá por finales de los 60 (hay que escuchar la letra entera, no tiene desperdicio, “ratatatá”). Y así canté yo desde la madrugada en mi habita haciendo la maleta y preguntándome como seria esta, para mí, nueva ciudad, hasta el aterrizaje y recogida de equipaje, ya en tierras bolivianas.
Y es que ¡ya estoy en Cochabamba! Ya estoy en Bolivia pues. Y la travesía, como de costumbre, tuvo su aquel. Pese a que esta vez no hubo retrasos ni cancelaciones, volar 11 horas con AeroSur es una experiencia muy poco recomendable, sobre todo si no llevas un par de bocatas de jamón serrano en el equipaje de mano. ¡Qué hambre por Dios! Ya lo decía aquel, “Cuando empecemos a llamar a los pilotos chóferes, a los controladores aéreos guardias y a las azafatas camareras, se acabarán todos los problemas de la aviación”. Cuanta razón en tan pocas palabras. Vaya señoras más estiradas, vaya humos. En las once horas repartieron una bandejita de esas de papel de plata con una comida medio mala y escasa y media. Seis horas más tarde, una galleta. Os lo juro, una. Y durante el resto del tiempo las camareras se dedicaron a esconderse detrás de las cortinas cotorreando y poniendo mala cara a quien interrumpiera para pedirles un vasito de agua. Unas joyas.
Pero bueno, aterrizamos en el Viru Viru, aeropuerto internacional de Santa Cruz, dispuesto yo a comerme una vaca. El piloto dijo por megafonía que la temperatura local era de 31 ºC. Ovación cerrada del pasaje. Pasando el  finger, calor y humedad. Cola para el descontrol de pasaportes, nadie me pide los papeles de la aduana, todo un relajo. Y saliendo escupido del mogollón formado frente a la ventanilla del oficial de fronteras (si, si, todo puro orden) me encuentro delante de una puerta tras la cual sólo cabezas se veían. ¡Qué recibimiento!
Cientos de persona, en serio, cientos, apelotonadas, estrechando el pasillo de salida. Cantidad de niños en el suelo, pancartas de bienvenida… Un espectáculo. Parecía claro que se había corrido la voz de que El Niño Maíz hacía escala en Santa Cruz y la mitad de la región amazónica fue a recibirle. Pues no. Salí al tumulto con aires de estrella de cine dispuesto a darme un baño de multitudes. La gente me saludaba y yo, gentil, respondía con un ademán de mano y una sonrisa, las señoras comentaban mi despeinado y los niños me guiaban en el camino “¡por ahí no gringuito!”. Pero acabé el recorrido y la gente continuó indiferente. No entendía nada.
Y es que resulta que coincidiendo con las fechas del viaje acontecía una tradición del mundo cristiano en la que la gente tiene la costumbre de reencontrarse con su familia. Lo llaman Navidad. Y allí estaban las familias de 400 bolivianos esperando los regalos que desde Madrid traían personalmente sus allegados. Vamos, que sensación sí que provoqué, pero no la que esperaba. No menos de cinco señoras comentaron mi moño y pocos fueron los que no sonrieron, por no decir que se partieron el culo, al verme. Un cachondeo.
Paso el control de inseguridad, me clavo dos hamburguesas frías y me hecho a dormir a lo largo de tres sillas con el aire acondicionado y un espantoso volumen en los televisores. Ya en pleno sueño, horas después, un tío de traje me dice que me tengo que pirar de ahí que no pagué la tasa de aeropuerto, que me había colado y no sé qué. Pues vale. Vuelvo al calor, veo amanecer y un par de colas después y el bocadillo más pequeño que he visto en mi vida (el apelativo “pulguita” le quedaba grande) también de AeroSur, por supuesto, ¡Cochabamba! Por el camino y por la ventanilla se puede ver como de la plana amazonia el terreno se va escarpando hasta llegar al valle altiplánico de destino, previo a la zona andina ya a más de 2.500 m de altitud. Una maravilla.
Y aquí llevo ya dos semanas (por Dios que pendejo, como me tardo en escribir)en El Granero de los Incas, que es como llaman a Cocha, en un clima que es una especie de primavera exagerada. Conociendo a los compañeros de la contraparte, Mosoj Causay, disfrutando de la temperatura, trabajando bastante y aprendiendo costumbres y los nombres de las cosas. Los baretos, por ejemplo, son boliches, los melocotones duraznos, la cerveza oficial es la Huari, el pimiento picante no es un chile o un jalapeño es locoto, cualquier salsa que pique (todas) es una yajua, el pique un plato de carne y por si todo esto pudiera parecer lioso la gente en el campo habla en Quechua. Pero lo peor no es eso. Lo peor es… que aquí no soy El Niño Maíz, soy El Niño Choclo.
Estoy sufriendo una crisis de identidad. ¡Qué lío!