“A Cochabamba me voy, a Cochabamba señores, cantarán los ruiseñores, a Co-cha-bam-ba me voy.” Así cantaba Víctor Jara con los Quilapayún allá por finales de los 60 (hay que escuchar la letra entera, no tiene desperdicio, “ratatatá”). Y así canté yo desde la madrugada en mi habita haciendo la maleta y preguntándome como seria esta, para mí, nueva ciudad, hasta el aterrizaje y recogida de equipaje, ya en tierras bolivianas.
Y es que ¡ya estoy en Cochabamba! Ya estoy en Bolivia pues. Y la travesía, como de costumbre, tuvo su aquel. Pese a que esta vez no hubo retrasos ni cancelaciones, volar 11 horas con AeroSur es una experiencia muy poco recomendable, sobre todo si no llevas un par de bocatas de jamón serrano en el equipaje de mano. ¡Qué hambre por Dios! Ya lo decía aquel, “Cuando empecemos a llamar a los pilotos chóferes, a los controladores aéreos guardias y a las azafatas camareras, se acabarán todos los problemas de la aviación”. Cuanta razón en tan pocas palabras. Vaya señoras más estiradas, vaya humos. En las once horas repartieron una bandejita de esas de papel de plata con una comida medio mala y escasa y media. Seis horas más tarde, una galleta. Os lo juro, una. Y durante el resto del tiempo las camareras se dedicaron a esconderse detrás de las cortinas cotorreando y poniendo mala cara a quien interrumpiera para pedirles un vasito de agua. Unas joyas.
Pero bueno, aterrizamos en el Viru Viru, aeropuerto internacional de Santa Cruz, dispuesto yo a comerme una vaca. El piloto dijo por megafonía que la temperatura local era de 31 ºC. Ovación cerrada del pasaje. Pasando el finger, calor y humedad. Cola para el descontrol de pasaportes, nadie me pide los papeles de la aduana, todo un relajo. Y saliendo escupido del mogollón formado frente a la ventanilla del oficial de fronteras (si, si, todo puro orden) me encuentro delante de una puerta tras la cual sólo cabezas se veían. ¡Qué recibimiento!
Cientos de persona, en serio, cientos, apelotonadas, estrechando el pasillo de salida. Cantidad de niños en el suelo, pancartas de bienvenida… Un espectáculo. Parecía claro que se había corrido la voz de que El Niño Maíz hacía escala en Santa Cruz y la mitad de la región amazónica fue a recibirle. Pues no. Salí al tumulto con aires de estrella de cine dispuesto a darme un baño de multitudes. La gente me saludaba y yo, gentil, respondía con un ademán de mano y una sonrisa, las señoras comentaban mi despeinado y los niños me guiaban en el camino “¡por ahí no gringuito!”. Pero acabé el recorrido y la gente continuó indiferente. No entendía nada.
Y es que resulta que coincidiendo con las fechas del viaje acontecía una tradición del mundo cristiano en la que la gente tiene la costumbre de reencontrarse con su familia. Lo llaman Navidad. Y allí estaban las familias de 400 bolivianos esperando los regalos que desde Madrid traían personalmente sus allegados. Vamos, que sensación sí que provoqué, pero no la que esperaba. No menos de cinco señoras comentaron mi moño y pocos fueron los que no sonrieron, por no decir que se partieron el culo, al verme. Un cachondeo.
Paso el control de inseguridad, me clavo dos hamburguesas frías y me hecho a dormir a lo largo de tres sillas con el aire acondicionado y un espantoso volumen en los televisores. Ya en pleno sueño, horas después, un tío de traje me dice que me tengo que pirar de ahí que no pagué la tasa de aeropuerto, que me había colado y no sé qué. Pues vale. Vuelvo al calor, veo amanecer y un par de colas después y el bocadillo más pequeño que he visto en mi vida (el apelativo “pulguita” le quedaba grande) también de AeroSur, por supuesto, ¡Cochabamba! Por el camino y por la ventanilla se puede ver como de la plana amazonia el terreno se va escarpando hasta llegar al valle altiplánico de destino, previo a la zona andina ya a más de 2.500 m de altitud. Una maravilla.
Y aquí llevo ya dos semanas (por Dios que pendejo, como me tardo en escribir)en El Granero de los Incas, que es como llaman a Cocha, en un clima que es una especie de primavera exagerada. Conociendo a los compañeros de la contraparte, Mosoj Causay, disfrutando de la temperatura, trabajando bastante y aprendiendo costumbres y los nombres de las cosas. Los baretos, por ejemplo, son boliches, los melocotones duraznos, la cerveza oficial es la Huari, el pimiento picante no es un chile o un jalapeño es locoto, cualquier salsa que pique (todas) es una yajua, el pique un plato de carne y por si todo esto pudiera parecer lioso la gente en el campo habla en Quechua. Pero lo peor no es eso. Lo peor es… que aquí no soy El Niño Maíz, soy El Niño Choclo.
Estoy sufriendo una crisis de identidad. ¡Qué lío!
