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Nacido de una mazorca, en lo alto del cerro de La Ceiba.

jueves, 10 de febrero de 2011

Donde fueron el "Poncho Verde" y la Dignidad.

Después de una ducha todo se ve más claro, hasta en la más oscura noche, en el silencio de La Llajta. Vivo en un valle, un inmenso valle, a 2.500 m de altura y completamente rodeado de montañas mucho más altas, que le rascan la barriga a las nubes cuando pasan. Bueno, rascar rascan las montañas del norte, porque las del sur les hacen cosquillas y, al reírse las nubes, llueve. No me preguntéis porqué. Todos los científicos lo confirman.

Pero parece que no tienen muchas ganas de reírse este año las nubes. No sé qué es exactamente lo que no les hace gracia, pero por lo visto cada año están más tristes y ni siquiera lloran. Cada año ríen menos pasando inmutables con el rostro serio y menos carcajadas de las nubes caen en el valle. Este valle fue próspero, ¡el granero de los Incas lo llamaban! y ahorita... Seco, de a poco, se va quedando.

Dicen que es el cambio climático, que cada vez hace más calor y que por eso llueve menos cada día y se secan las fuentes. Será. Yo digo que haber pelado al cero todos los cerros seguro que tiene algo que ver. Utilizando un símil de Jaime Huanca, los montes han perdido su "poncho verde", su sombrero de bosque y dejan que se vayan las risas de las nubes, resbalando rápido, despeñándose por los barrancos y arrastrando consigo el suelo fértil, tierra que no volverá. La Pacha Mama se va. Despeinando las cosechas, inundando de lo que fueron alegrías en los cielos, las penas del campesino a las faldas de la desponchada montaña de lomo marrón. La Pacha Mama lloró.



Arriba no queda agua, no quedan risas, no queda alegría en el suelo. Abajo nada queda, por encima del nivel del agua. Puro desastre. Y todo por un poncho. Por ir tirando sin control de su hilo de madera.

Pero esto es donde alguna vez hubo bosque, donde la tierra fue fértil al menos una vez. Porque hay otros lugares donde nunca creció demasiado. Donde los Andes. Donde el poncho siempre les vino corto a las grandes montañas andinas, que enseñaban el ombligo. Donde algunos se han refugiado siempre huyendo del invasor, ya fuera inca o español, hacia las tierras que nadie quería. Donde nada crece, arribita. ¡Más arriba! Donde los picos son tan escarpados que no acarician, arañan y no llueve, graniza. Y el sol está tan cerca que abrasa y cuando se va, se va tan lejos que hiela. Donde la tierra necesita siete años de barbecho para poder dar algo. Donde las llamas, el polvo, la papa y el chuño.
  

Allá, en la zona andina, si es dura la vida. Siempre que uno analiza cómo se podrían mejorar las condiciones de sus habitantes, encuentra tantas trabas, tantas con las que nada puede hacerse, que se acaba preguntando ¿Porqué carajo vive nadie allí? Pues quizás en un tiempo por no tener más remedio, huyendo a las tierras altas de unos y de otros, donde ya nadie les persiguiera. Pero hoy día, porque esa tierra, yerma, ardiendo y fría, es suya, como lo fue de sus abuelos. La tierra es sagrada. También es lo único que fue siempre suyo y nunca les fue arrebatado, de la gente originaria del lugar, a los que llaman indígenas, a los que ni la dignidad les respetó la historia. Y porque es todo lo que tienen. Su tierra y ahora, de nuevo, con eso del Evo, su dignidad.


Porque muchos criticarán a Evo, dentro (normalmente con razón) y fuera del país (habitualmente sin ella). Pero Evo en realidad no es nada. Evo es solo una figura, la cara visible de un verdadero movimiento campesino. De campesinos indígenas, con doble adjetivo y por ellos doblemente castigados por los que siempre mandaron. El movimiento que representa Evo le ha devuelto la dignidad al campesino, que es amplia mayoría en el país. Después de cientos de años la gente puede sentirse orgullosa de nuevo de ser quien es. Hablar la lengua que habla, vestir como viste y que nadie le haga avergonzarse por ello. Tiene la libertad de ver el mundo como cree y ya nadie le va a poder pasar por encima por eso. 

Está bien, dignos ¿y ahora qué?